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El que se lleva las palmas
Hay una leyenda, que como tantas otras, es linda aunque no necesariamente verídica, que dice que la Tierra está rodeada, entre los paralelos 32º y 34º, por un cinturón de palmeras. Eso sucede aquí en la Argentina.
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El mito de que la Tierra está rodeada entre los paralelos 32º y 34º  por palmeras no tiene una base científica o geográfica cierta, pero en nuestro país hay una asombrosa coincidencia: recorriendo el territorio argentino de este a oeste en esta latitud encontramos varios importantes palmares que parecerían confirmar esta teoría: créase o no. Iniciemos nuestro itinerario imaginario, aunque no tiene que ser forzosamente imaginario, en el célebre Palmar de Colón, hoy Parque Nacional, sobre el río Uruguay. Este santuario natural fue creado para preservar uno de los últimos enclaves existentes de la yatay, una palmera de follaje grisáceo, de hojas pinadas y el tronco revestido de restos de pecíolos. Las hay también en algunas comarcas del norte de Corrientes y sur de Misiones, pero de una variedad enana llamada yatay poñí que no llega a 1,20 metros. La mayoría de las yatay son grandes, y esta precisamente fue su desgracia, porque su tallo alto y recto hizo que en el pasado se la talara para usarla como poste telefónico y telegráfico.

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La Bella Vista: Atravesando la Mesopotamia y asomándonos al majestuoso río Paraná nos encontramos nuevamente con bosquecillos de palmeras. Son más ralos y dispersos que el Palmar de Colón, pero las hay. Los lugareños desde siempre le han dado un uso discreto para fines particulares, lejos de exterminar la especie, llamando a esas selvillas yataíces.  Quien recorre la orilla oriental del gran río, sea en una dirección o en otra, se encuentra cada tanto con grupos de palmeras de especies idénticas o al menos similares a las yatay de la otra banda. La Paz y Bella Vista son bellos ejemplos de palmares y palmeras que sobreviven, no obstante la tala que también por aquí hizo estragos. De una u otra forma estas palmeras embellecen y con su silueta esbelta confieren un carácter especial a las comarcas donde crecen.

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La diferencia está en el acento: Dejando volar nuestra imaginación damos un salto de unos quinientos kilómetros en dirección oeste, conservando aproximadamente la misma latitud. Nos detenemos en el piedemonte occidental de la Sierra de Comechingones, ya en la provincia de San Luis. Allí se desarrollan, entre las soñolientas localidades de Villa del Carmen y Papagayos, extensas matas de una especie de palmera que es notoriamente más pequeña que la presuntuosa yatay. Se denomina caranday, que es voz guaraní, y debe escribirse y pronunciarse con precisión, porque otro género denominado carandaí crece más al norte, en el parque chaqueño. De esta última se extrae una cera que es superior a la de la abeja y que mucho se usa para pulir la carrocería de los automóviles. Pero aquí hablamos de la caranday o carandaí-mi. Crece en grupos formando extensas florestas. Raramente supera los seis metros de fuste formando un follaje denso y rígido. Su tallo se usa para fines hogareños (techos de viviendas, aunque ahora ya no tanto), y de sus hojas, de hasta un  metro de largo por unos sesenta centímetros de ancho, se hacen pantallas, y con las fibras, trenzados como esteras, cordeles, correas y otras artesanías. Su fruto, que se da en verano, es del tamaño de una cereza, amarillento y dulzón. Viajando por la Ruta Provincial 1 de La Puntilla a Merlo (San Luis) se atraviesa una galería de palmeras caranday tan bella que casi nadie puede resistirse a tomar fotos para disfrutar del recuerdo de regreso a casa (para redondear el tema, un poco más al norte, por Mina Clavero, se dan otros bosquecillos similares).

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La más extravagante: Y damos otro saltito en el espacio para llegar a San Juan. Aquí, como en tantas otras ciudades argentinas donde por el clima la palmera sobrevive, aunque no por naturaleza sino por haber sido plantada, se da un caso por cierto singular. En el cruce de las calles General Mariano Acha y Cereceto, en la parte norte de la ciudad, existe la tan famosa como singular Palmera de dos brazos. Es desde hace años una atracción turística: de un mismo palo salen a corta distancia del suelo dos tallos perfectamente desarrollados y con sus respectivos follajes. Es sin duda el ejemplar que se lleva las palmas. Para qué decir que también este ejemplo encaja dentro del patrón teórico del cinturón de palmeras que rodea el globo terráqueo. Habría que confirmar si la propuesta se da también en otras partes. Pero, la verdad es que resulta curioso.

Federico Kirbus por Federico Kirbus
Desde el punto más profundo de América, 108 metros debajo del mar, hasta los pasos de montaña más altos; desde los desiertos más estériles hasta las yungas: durante medio siglo Federico Kirbus, con su esposa Marlú, ha transitado el país en busca de los sitios más recónditos sentando las bases para el moderno turismo de aventuras en procura de lo que él llama "ni fácil, ni imposible".
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