 Estancias
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Estancia en estilo Tudor En Máximo Paz, a medio centenar de kilómetros de Buenos Aires por autopistas y pavimento hasta la tranquera, la estancia Villa María es una de las más codiciadas por los consumidores del turismo rural. Su notable extensión está coronada por un casco suntuoso que diseñó Alejandro Bustillo para el estanciero Celedonio Pereda rodeado de un gran parque trazado por Charles Tahys. Confort y buena mesa, deportes, piscina y cabalgatas a través de senderos flanqueados por arboledas y campo en plena producción agropecuaria, se disfrutan a una hora del obelisco porteño. |
No resiste comparaciones para los más exigentes turistas buscadores del sosiego de campo. La estancia Villa María está a 56 de kilómetros del centro porteño por las autopistas Ricchieri y a Cañuelas con desvío en Spegazzini. Desde allí hay que recorrer dos kilómetros por la vieja ruta 205 hasta Máximo Paz. La población se atraviesa por la avenida Celedonio Pereda, pavimento que desemboca en la tranquera. A partir de un sendero que atraviesa un tupido monte, sus casi mil quinientas hectáreas asoman con perfiles agropecuarios finalmente rematados por la espectacular aparición del más suntuoso e impecable casco estanciero bonaerense con tres mil metros cubiertos de armonía arquitectónica y que el ganadero Celedonio Pereda, precisamente, mandó a construir una vez que heredó a su padre, Vicente Pereda, un pionero que había adquirido la estancia en extensión mayor a fines del siglo XIX. El elegido para proyectar el nuevo casco fue el arquitecto Alejandro Bustillo que puso mano a las obras en la década de los años 20.
Lo concibió como una suerte de castillo de estilo Tudor, con líneas neogóticas y normandas. Lo orientó al Este-Noreste, y lo protegió de los vientos sureños con lo más frondoso de un parque encantador de setenta y cuatro hectáreas, diseño de Charles Thays. Al imponer un lago artificial, reverbera allí la imponente fachada, y con la brisa, el paisaje circundante cobra movimiento. En derredor se detectan estatuas (campesinas, querubines) que, como varios bancos para el reposo crepuscular, fueron esculpidos en Carrara auténtico. En otros materiales se descubren desde un arlequín hasta dos gatos eternos a punto de agredirse en la divisoria de un tejado. Canchas de tenis para todo el año, piscina veraniega y extensiones verdes que tientan a los amantes del golf, basan el recurso contra stress lugareño. Las caballerizas con los mejores equinos, proveen la primera propuesta criolla: una relajante cabalgata. Es cierto que la dueña de casa y anfitriona, Eleonora Nazar Anchorena, reserva su pingo preferido, pero también ofrece y garantiza la estirpe del resto del plantel.
Puertas adentro se convive con muebles de época, reflejos de vitraux y el pictórico degradé verde de uno de los ombúes que plasmó Federico García Uriburu. La sala de música tiene piano de cola y la de juegos -bien british- estimula con decoración cazadora (trompas, cornamentas, armas antiguas). En el comedor señorial se sirven platos de buenos sabores de sencillez rural y otros con toque gourmet. No falta, claro, el asado criollo. Quienes prefieren extender el día de campo hasta un verdadero week end, disponen de toda la variante del confort presidido por la habitación Celedonio, entre suites y dormitorios de estilo, desde donde es posible emprender los más rumbosos sueños estancieros.
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