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En América del Sur, las primeras viñas fueron implantadas por los misioneros para elaborar vino de misa; así fue como, en 1557, el padre Juan Cidrón introdujo cepas en el territorio de la actual provincia de Santiago del Estero. Los cultivos se extendieron durante el resto del siglo XVI hacia el Sur, por las provincias de San Juan y Mendoza. No obstante, el verdadero inicio del desarrollo y consumo del vino se dio con la inmigración masiva de finales del siglo XIX y principio del siglo XX, cuando numerosos italianos, españoles y franceses se radicaron en la zona de Cuyo e importaron costumbres de sus países de origen. Por aquella época, esos tres países europeos ya eran los más importantes productores de vino del mundo, y sus inmigrantes tenían culturalmente arraigado el hábito del consumo, por lo que lo trasladaron a sus nuevas tierras. Pero en 1853, tiempo antes de la inmigración masiva y siguiendo el modelo chileno, ya había sido creada en Mendoza la Quinta Normal de Agricultura, que administraba un director de origen francés, Miguel Aime Pouget. Considerado como el introductor de la uva malbec, Pouget era un experto en temas de viticultura y fruticultura, y cumplió un papel importante en el país al ayudar a implementar y desarrollar las técnicas de implantación y reproducción de la vid en la Argentina. El crecimiento de la actividad En 1885, la creación del ferrocarril permitió el traslado de maquinarias para equipar las primeras bodegas y, a su vez, transportar el vino hacia los centros de consumo, en particular Buenos Aires.Cuando comenzó el crecimiento de la actividad, los productores decidieron unirse para defender mejor sus intereses, sobre todo frente a los comerciantes que adulteraban los vinos en destino. Así se creó en 1904 la Asociación Vitivinícola Argentina, en cuya fundación aparecen apellidos que todavía hoy son famosos, como Benegas, Gargantini, Giol, Arizu, López, Graffigna, Toso, Escorihuela, etc. A principios del siglo XX la producción nacional ya alcanzaba 1.600.000 hectolitros, una cifra relevante por aquella época, pero aún lejana de los 12.500.000 hectolitros que alcanzaría en el 2000.Para 1960, en la Argentina había 242.324 hectáreas de viñedos plantados y se registraba un consumo anual de 90 litros per cápita por año. Sin embargo la casi totalidad de este vino era considerada vino común, de calidad regular. Tiempos de crisis En los años sesenta, a raíz de desgravaciones impositivas y cambios tecnológicos, se implantaron viñedos cultivados en parral con uva de alto rendimiento y baja calidad ecológica. Así, la superficie trepó a un total de 350.680 hectáreas en 1977. Y justo cuando la producción alcanzaba récords históricos, el consumo de vino comenzó a mermar. De 1979 a 1984, el consumo apenas alcanzaba los 21 millones de hectolitros, siendo el excedente permanente de vinos de un promedio de 40 millones de hectolitros después de la cosecha, lo que era causa de grandes crisis en el sector. Sin embargo, a partir de 1982, con nuevas reglamentaciones y la disminución de los viñedos por abandono debido a su falta de rentabilidad, el sector fue orientado hacia su normalización. En 1987, la superficie de los viñedos había descendido a 274.705 hectáreas, y aún no podía hablarse de vinos de calidad. Chile, en cambio, ya había iniciado sus campañas de venta en el exterior basadas en un vino de calidad a precio moderado. Por entonces, en la Argentina, la idea de exportar y competir internacionalmente existía en la mentalidad de pocos empresarios y la participación en las ferias internacionales era bastante discreta, con menos de 20 bodegas decididas a intentar la lucha.
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